La ropa que ya no me sirve
Blanca tiene una cita. Le ha llevado varios años poner fecha, ella misma reconoce que podría haberle dado otra prioridad a ese momento, pero yo le respondo que eso no es verdad. Lo siento, no puede esconderme nada, la conozco demasiado bien, y ella lo sabe. Sus ojos, redondos como platos, me miran cómplices, dejando en evidencia el pudor de mi amiga ante una perspicacia que también conoce de mí. Se da media vuelta para llevarse su silencio al vestidor y buscar, de camino, el atuendo que necesita para la ocasión. Podría secundar el paréntesis en la conversación, pero no puedo quedarme dentro lo que he estado a punto de añadir cuando me ha señalado con sus pupilas dilatadas. Que no tiene que darle explicaciones a nadie, y menos a mí. Que es su vida y que la quiero igual. Blanca está deslizando la puerta de su vestidor y, aunque no puedo ver el gesto, sé que sonríe por esta declaración mía, de ternura. Me encanta hacerla sonreír, aunque le dure poco. Y es que me está pidiendo que la ayude a escoger el modelo perfecto para la cita. Momento solemne, poca broma, le digo. Y me responde mostrándome la primera combinación de prendas de vestir.
Reconozco ese conjunto de colores pastel. Lo estrenó para cierta ocasión especial, una cita con inquietudes de las que me hizo partícipe, como buena amiga. Blanca estaba atrapada en un dilema muy profundo: echaba de menos un modelo de vida, un paquete de valores que había vivido con su pareja anterior. Enseguida supo que no era la persona indicada, pero tardó en reconocerlo. Cinco años, que se dice pronto. De algún modo, mi amiga está captando algo. Creo que mi expresión facial está siendo tan elocuente como mi reflexión. Acaba de lanzar el conjunto de colores pastel al fondo del pasillo.
Rebusca entre unos vestidos, y escoge uno muy elegante y sobrio. Ella lo contempla con detenimiento, rescatando algún recuerdo, alguna emoción guardada que la hace suspirar. Yo también suspiro con ella.
Con aquel vestido, que también reconozco, mi amiga creyó encontrar de nuevo esa receta que echaba de menos. Fidelidad, complicidad, hogar, conversación, familia… No encajaron, incompatibilidad de caracteres, me explicó. Pero aquella nueva relación cumplió la función de demostrarle que podía volver a sentir esa ilusión, y que ese modelo de amor seguía estando vivo en ella. Tú ya no eres la Blanca de ese vestido, he dicho en voz alta. Y me lanzo para explicarle. Toda tu identidad y tus aspiraciones estaban ligadas a la ilusión de «compartir la vida con alguien» como vehículo principal para estar completa. Que todas esas cosas maravillosas como sentirte escuchada, la confianza, la ilusión, la paz y las conversaciones profundas, puedes dártelas tú misma y vivirlas desde tu propia soberanía, mi reina.
Mi amiga asiente porque todo eso que le digo resuena con la versión Blanca 2.0. El lanzamiento del vestido elegante y sobrio, al fondo del pasillo, es impecable. Es la ropa que ya no le sirve. Blanca tiene una cita, y esa gran cita requiere un modelo nuevo, muy especial. Uno exclusivo para ella, que es la dueña y señora de su propia vida. Ella sabe que ninguna de sus relaciones fue un error; fueron los puentes que necesitaba para darse cuenta de lo que estaba buscando: a ella misma.

